Panel indicativo
_______________________________






Pirámides

Ignacio García Sánchez


Fue el conductor que nos había recogido al borde de una carretera en el sur de Serbia quien me descubrió que no muy lejos de Sarajevo, hacia donde nos dirigíamos, había pirámides. Nos animaba encarecidamente a visitarlas. Llevábamos un tiempo recorriendo la zona, conocía bastante de su historia, a través de los libros, el cine y de sus habitantes, pero hasta entonces no había tenido constancia de algo tan destacado como la existencia de pirámides en Bosnia. Mi acompañante, procedente de un país vecino (o del mismo hasta hace no mucho), sí conocía el dato, sin embargo por algún motivo no había considerado que pudiera ser de mi interés. Poco después empecé a intuir el motivo del vacío informativo en torno a un conjunto arqueológico que a todas luces debería ser mundialmente famoso: ninguna de mis referencias e interlocutores previos eran de origen bosnio. Por suerte, el conductor de aquel coche sí lo era, y así nos lo hizo saber. Goran Bregović, cuya música atronaba en el interior del vehículo, también era paisano, como él mismo se ocupó de recalcar.

Una vez en Sarajevo, empecé a fijarme en camisetas, tazas y todo tipo de mercadotecnia relacionada con las pirámides. Junto a las imágenes estampadas, en algunos productos se podían leer frases del tipo «¡Las pirámides son reales!» o «Que se joda quien no tenga pirámides», poco habituales, incluso chocantes, en el contexto de los souvenirs turísticos. Ambas expresiones, en apariencia desenfadadas, condensaban sintomáticamente toda la problemática que surgía en torno a las pirámides y apuntaban a una posible explicación del enigma.

En los países que formaron parte de Yugoslavia, las pirámides bosnias son un fenómeno bien conocido, sobre todo como motivo de mofa generalizada contra los bosnios por parte del resto de habitantes de la región, de ahí la respuesta defensiva de los primeros, la cual, como pude comprobar, no implicaba necesariamente una convicción plena o siquiera una toma de posición sobre su autenticidad arqueológica. Para muchos bosnios, y especialmente para los vecinos de Visoko, donde se encuentran las pirámides, la cuestión principal era otra. Uno de ellos lo resumió así: «No sé si son verdaderas o no, lo que sí sé es que son nuestras».


Visoko es una localidad mediana situada a unos treinta kilómetros al norte de Sarajevo. Lo primero que llamó mi atención del lugar fueron las constantes referencias a las pirámides en los nombres de bares y hoteles, además de en algunas señales de carretera. Lo segundo fue que las pirámides en sí no se vieran por ninguna parte. Intrigados, preguntamos a un lugareño. Con una expresión entre la abulia y el fastidio, hizo un gesto amplio con el brazo abarcando el monte que rodeaba la ciudad. Las pirámides pasaban desapercibidas a simple vista porque estaban esparcidas por los alrededores, tenían el tamaño de grandes colinas y como éstas, estaban cubiertas por árboles. Solo desde determinados ángulos podían reconocerse los característicos contornos poligonales disimulados bajo la vegetación.

Siguiendo las indicaciones del hombre, subimos hasta el punto desde el que se permitía acceder al interior de una de las pirámides. Una oficina de información ofrecía publicaciones diversas sobre el tema y señalaba los horarios de visita, en un cartel podía verse una fotografía aérea del valle de las pirámides. A un lado y debajo de la imagen figuraban los logotipos oficiales del Ayuntamiento de Visoko, de una organización llamada World Vision y de la Fundación Pirámide Bosnia del Sol. Ésta, en la que nos encontrábamos, era la mayor de las cuatro. El resto habían sido bautizadas con nombres similares: Pirámide de la Luna, del Dragón Bosnio y del Amor, respectivamente, pero únicamente desde la cumbre de la del Sol ascendía un rayo de luz vertical que se perdía fuera del marco de la fotografía. Esta envoltura new age a mi parecer tiraba por tierra cualquier intento de apuntalar la credibilidad del conjunto arqueológico, me rechinaba la total ausencia de rigor científico, sin embargo me resistía a creer que todo ello no fuera más que un fraude, pues era algo demasiado grande, que implicaba a miles de personas y hasta recibía apoyo institucional.






















 

 

En las inmediaciones de la entrada a la Pirámide del Sol descansaban grupos de voluntarios internacionales, además de algunos lugareños que también participaban excavando en las galerías que poco a poco se iban abriendo paso en las profundidades de la montaña. Un hombre se acercó a darnos la bienvenida, él nos guiaría por el interior de la Pirámide ya que Semir Osmanagić, el descubridor del complejo, en ese momento se encontraba ocupado con otros visitantes. Poco después nos cruzaríamos con él dentro del túnel principal, un personaje inconfundible por su atuendo de arqueólogo al estilo de Indiana Jones. En 2006 el doctor Osmanagić reveló al mundo que lo que hasta entonces se habían tenido por simples formaciones geológicas se trataban en realidad de construcciones humanas pertenecientes a una civilización desconocida que pobló la zona hace unos 30.000 años. Por lo tanto las pirámides de Visoko superarían en tamaño y antigüedad a las de Egipto, Mesopotamia y América.

Nuestro guía se interesó por la procedencia de cada uno de nosotros, a mi respuesta se le iluminaron los ojos y se apresuró a contarme que hacía no mucho había pasado por allí un equipo de la televisión española para grabar un reportaje. Insistió en la seriedad y profesionalidad del programa, las cuales quedaban fuera de toda duda debido a que una toma en la que él mismo aparecía bajándose de un coche había sido repetida más de una vez. No recordaba el nombre del canal de televisión, el programa sí, se llamaba Cuarto Milenio.


Ataviados con cascos de obra, iniciamos el recorrido en grupo por los túneles accesibles a los visitantes. A través de galerías sin nada de particular, nuestro guía nos fue dirigiendo de un hito al siguiente, en sucesión de menor a mayor espectacularidad y misterio. La primera prueba de que nos hallábamos en el interior de colosales estructuras y no de meras montañas consistía en las diferentes clases de tierra que formaban las paredes de los túneles, la menos densa era la que iban retirando los voluntarios para liberar las galerías originales, tapadas desde hacía milenios, una vez desaparecida la civilización que los excavó. A intervalos irregulares, el túnel se ensanchaba formando pequeñas estancias. En el centro de una de ellas había una gran roca de tipo arcilloso, muy diferente a los tipos de tierra que nos rodeaban, como si hubiera sido llevada hasta allí desde otro lugar. Por si fuera poco, grabados en la superficie de la piedra se reconocían algunos signos de autoría claramente humana: líneas, flechas o runas muy rudimentarias. Según nuestro guía, esta roca irradiaba energía. Nos instó a hacernos una foto sentados alrededor, con la piedra en el centro a modo de mesa ritual. La excursión concluía en un túnel sin salida al final del cual se adivinaban reflejos de agua en la oscuridad. El colofón de la visita y explicación de porqué no se podía continuar más allá se materializaba en un desconcertante folio de tamaño A4 dentro de una funda de plástico clavada a una viga de madera. En el papel se veía impresa la fotografía digital de una pantalla de ordenador portátil que a su vez mostraba, en el visualizador de imágenes de Windows, unas borrosas figuras geométricas parecidas a aspas. Se trataba de la única fotografía que testificaba el hallazgo realizado por un grupo de investigadores italianos en esa misma gruta. Al internar avanzar más lejos de donde nos encontrábamos nosotros, solo habían logrado captar aquella imagen confusa pero irrefutable, justo antes de que un fenómeno desconocido provocara la subida repentina del nivel del agua, obligándolos a huir de allí a toda prisa. Después del traumático suceso nadie más había osado adentrarse en aquella dirección.

 

 

 

Roca de energía
_______________________________







Si bien para entonces ya había dejado mi espíritu crítico en barbecho, al salir de la Pirámide aún entablé conversación con un voluntario extranjero al que le faltaba un dedo, quizás con ánimo de recibir una opinión imparcial. El chico era de Liverpool, llevaba allí unos meses y, al igual que el primer vecino que nos encontramos al llegar, su motivación tenía poco que ver con la importancia arqueológica del lugar. Estaba allí sobre todo por pasar el verano lejos de Inglaterra, no quiso entrar en detalles sobre lo que él pensaba realmente de aquello, sin embargo apuntó a la posibilidad de que si nos quedábamos en Visoko esa noche y nos emborrachábamos juntos seguramente terminaría contándolo todo. No llegó a darse la ocasión. A falta de otra opción de transporte, regresamos a la ciudad en un furgón de la policía, que amablemente se ofreció a llevarnos y nos recomendó comer en el restaurante Pirámides. Inmediatamente después de la visita no era capaz todavía de resumir en una explicación coherente lo que había visto y oído ese día. Todo indicaba a un enorme montaje sin la menor base científica, un fraude pseudoarqueológico que a nivel local había trascendido los círculos conspiranoicos donde normalmente quedan confinados este tipo de "descubrimientos". El fenómeno de las Pirámides iba más allá de los cuatro pirados que defienden desde Youtube que la Tierra es hueca o plana, esta locura había impregnado a toda una comunidad.

 

Enigmáticos signos
_______________________________





 

Sabía que en cuanto tuviera ocasión de conectarme a Internet, lo primero que haría sería buscar información contrastada sobre el tema. Si en efecto se trataba de un fraude, la piedra de energía de varias toneladas de peso habría sido arrastrada hasta el interior de los túneles por Osmanagić y sus ayudantes. La imagen del doctor realizando incisiones arcaicas en la roca por su propia mano me parecía demasiado grotesca para ser real. Una consulta rápida de su nombre me sacó por fin de dudas: entre otras refutaciones de la Historia oficial, en uno de sus libros Osmanagić asegura que Hitler y otros líderes nazis sobrevivieron a la caída de Berlín y encontraron refugio en una base subterránea en la Antártida.




A pesar de su absoluta falta de credibilidad, el regalo de Osmanagić a su país, un pasado mítico lo suficientemente lejano en el tiempo para quedar al margen de disputas historiográficas, era algo demasiado atractivo para no ser aceptado por gran parte de los bosnios musulmanes y sus instituciones. Delirante, sí, pero mejor tener eso que nada.

La parte musulmana de Bosnia ofrece un terreno especialmente fértil para cultivar cualquier mito que ayude a reforzar una identidad nacional muy débil. En la República Srpska (de mayoría serbia), así como en las regiones de predominio croata, sus habitantes disponen de un relato de construcción nacional fuerte, mucho más sólido y antiguo que el de sus vecinos musulmanes, cuyo territorio siempre formó parte de entidades políticas mayores. La actual Bosnia-Herzegovina es un Estado tutelado de reciente creación, surgido tras los Acuerdos de Dayton que pusieron fin a la guerra de 1992-95 y diseñado territorialmente por instancias externas, de igual manera que su bandera (creada por un diplomático español y elegida por Naciones Unidas) y su moneda, el marco convertible (establecida con una tasa fija de cambio de 1 a 1 con el marco alemán y después de 2 a 1 con el euro). La debilidad y mal funcionamiento del aparato estatal, la difícil situación económica y la polarización étnica son problemas casi endémicos del páis desde su independencia de Yugoslavia, por lo tanto cualquier iniciativa que ayude de alguna forma a solucionarlos tiene muchas posibilidades de ser bien acogida. Si las Pirámides crean empleo, la oportunidad de desarrollar una industria turística antes inexistente y además cumplen la función de aglutinante social y nacional sin tener que recurrir a la religión, no van a ser el escepticismo foráneo y el celo científico los que desabaraten todas estas ventajas. La posverdad no necesitaba que se acuñara un nuevo término para proliferar allí donde podía ser de utilidad.

Después de visitar los Museos Nacionales de Historia de varios países balcánicos en un corto período de tiempo, lo que más llamó mi atención fueron las diferentes interpretaciones que se daban en cada uno de ellos sobre los mismos acontecimientos. Curiosamente, uno de los pocos sucesos en los que se encontraba algo parecido a un consenso era en la participación en la Guerra Civil Española mediante las Brigadas Internacionales, eso sí, cada Museo se centraba en los voluntarios de la nacionalidad correspondiente. Excepto en casos anecdóticos como éste, las narrativas y el mayor o menor peso que se otorgaba a un hecho u otro eran de lo más dispares. También despertó mi interés el contemplar la forma en que objetos y documentos colocados en el espacio físico de una sala trataban de generar los relatos históricos sancionados oficialmente por cada Estado, siempre mediante una narración lineal (desde el Paleolítico hasta la consolidación del statu quo actual). Las motivaciones legitimadoras de todos ellos saltaban a la vista, pero más allá de la precisión histórica o las manipulaciones que se cometieran en cada relato, me dí cuenta de la gran importancia de la presentación material del mismo, cómo la calidad del display podía tornar más o menos creíble lo que se contaba con independencia de su contenido.

Que en un museo alemán o francés nos cuestionemos menos la versión de la Historia que se nos presenta que en otro albanés o macedonio tiene mucho que ver con los recursos económicos que el Estado correspondiente puede dedicar a legitimar su existencia. Si bien los relatos históricos se reescriben constantemente, la continuidad y estabilidad de las bases políticas y económicas, la ausencia de rupturas traumáticas en las mismas, ayuda a que un imaginario llegue a ser aceptado y asimilado en un grado mayor. Hay ficciones más sofisticadas que otras, una serie de fotocopias plastificadas no pueden competir con una superproducción cinematográfica, ni en difusión, consenso alcanzado ni efecto producido en el espectador, sin embargo el proceso subyacente es el mismo. Mientras la Dama de Elche siga en el Museo Arqueológico Nacional y la mayoría de arqueólogos confirmen su origen ibero, no habrá peligro de que haya sido fabricada en el siglo XIX.

 
     
Ignacio García Sánchez (Madrid, 1987) es artista plástico. Una serie de temas recurrentes atraviesan todo su trabajo: las contradicciones entre teoría y práctica, la influencia de las ideas abstractas en los procesos concretos de transformación social, las relaciones del poder con la historia y cómo esta es reinterpretada para legitimar el presente. Mediante imágenes, objetos y texto plantea escenarios sociopolíticos ficticios, situados entre lo plausible y lo descabellado, lo utópico y lo distópico: a través de cristales deformantes de distinto color y grosor vemos desplegarse inquietantes versiones de nuestro propio mundo en las que los mecanismos que hacen que todo siga funcionando, normalmente ocultos bajo capas de cultura y civilización, quedan al descubierto.